Las denuncias de abuso sexual infantil requieren la máxima atención por parte de los operadores judiciales, aunque también de mucho profesionalismo, porque entre los casos que son reales suelen filtrarse aquellos que están impulsados con otros fines que no son precisamente los de hacer justicia.
Se trata de una problemática compleja, dolorosa y muchas veces silenciada, que afecta no solo a los acusados de un delito tan aberrante, sino también a los propios menores involucrados, que deben pasar por infinidad de controles médicos y psicológicos, muchas veces invasivos y que son arrancados de sus afectos sin darse cuenta. Ni qué decir de la credibilidad del sistema donde se ventilan estas cuestiones tan delicadas.
Cuando alguien es señalado de una conducta tan aberrante, la reacción social es automática: rechazo, condena pública y aislamiento. La presunción de inocencia se diluye. El acusado suele ser apartado de su entorno familiar, puede perder su trabajo y muchas veces enfrenta o problemas de salud o directamente una situación de encierro carcelario. Aún cuando más adelante determine que no existió nada de lo que se dijo, el daño ya es irreversible e irreparable.
Las motivaciones detrás de las falsas denuncias suelen ser variados: disputas por la tenencia de hijos, manipulación psicológica, venganza, conflictos familiares profundos o incluso trastornos en los adultos responsables.
En este calvario se encuentran los hermanos Acuña, en La Plata. Hablamos de Leopoldo y Rodolfo (48), que son gemelos. Condenados en primera instancia por el delito de abuso sexual simple, a Leopoldo, padre de la supuesta víctima, le dieron 9 años de prisión en la figura agravada. Al tío, 2 años y 8 meses.
El juicio se desarrolló ante el Tribunal Oral en lo Criminal I de nuestra ciudad, con la intervención del juez Ramiro Fernández Lorenzo.
Acompañado por sus abogados Alfredo Gascón y Miguel Molina, remarcó Leopoldo que en el debate todas las pruebas lo favorecieron. Pero habría existido una errónea interpretación a la hora de justipreciarlas, en el mejor de los casos, que derivó en una sanción punitiva. También hablaron de maltrato.
En ese momento, no quedaron detenidos, a la espera del doble conforme, que nunca llegó, porque la intervención del Tribunal de Casación Penal bonaerense, con los jueces Ricardo Maidana y Víctor Violini, fue para absolver a los imputados.
Si embargo, en todo ese tiempo el perjuicio ya estaba generado. Tanto Leopoldo como Rodolfo no pudieron ver más a P. Y en el caso de Rodolfo, tío de la nena, el impacto en la salud fue arrollador. Con una diabetes de base, hoy su situación clínica se vio severamente afectada con otras patologías y hasta lo tuvieron que jubilar por incapacidad.
La familia Acuña es muy particular. Son cinco hermanos y P. tiene 11 primos. También a sus abuelos paternos, que sufren horrores por su ausencia. En el medio de esta disputa, la titular del juzgado de familia donde tramita la causa tiene criterio tomado: hasta que el expediente penal no quede firme, se mantiene el status quo. Es decir, la chiquita alejada de su padre.
“Todo empezó con un divorcio conflictivo, donde sufrí todo tipo de atropellos. Primero, mi ex denunció a mi hermano, en 2015, y, dos años después, a mi. Supuestamente toqué a mi hija delante de una asistente social, que ella obligó a que estuviera. Las denuncias no solo siguieron, sino que se potenciaron. Hasta se la llevó a vivir a otra ciudad, a Tigre. La sacó de su entorno, de su escuela. Hubo alienación parental, manipulación”, mencionó Leopoldo.
“No bajaré los brazos. Hace 10 años que no veo a mi hija, pero esperaré lo que haya que esperar. A pesar del daño que me causaron, en base a mentiras, acá estoy. Junto a mi familia y mis amigos, aguardando ese día”, agregó.
DE MANUAL
Diversos estudios coinciden en una serie de indicadores que se repiten en las denuncias de abuso sexual infantil presuntamente falsas, sin que esto implique desestimar de antemano ninguna acusación. Por eso la Justicia debe actuar con diligencia, pero también con objetividad.
Entre esos “llamadores de atención” se destacan la aparición de una lluvia de presentaciones en contextos de disputa familiar o de custodia; relatos inducidos o incoherentes del menor; ausencia de factores médicos o psicológicos compatibles; rechazo categórico del menor hacia el progenitor acusado, sin motivos previos claros y hasta cambios repentinos en las declaraciones.
Tanto Alfredo Gascón como Miguel Molina, representantes letrados de los hermanos Acuña, mencionaron que en la instrucción de la causa, como en el propio debate oral, la falsa denuncia quedó expuesta. Y sin embargo, “escuchamos un primer fallo sorprendente. El juez tomó la pericia de parte para fundar su decisión, porque la perito oficial no encontró nada compatible con lo que se había expuesto”.
“Mi hermano nunca estuvo al cuidado de P”, dijo Leopoldo, convencido de que su expareja lo denunció porque conocía de su sensibilidad y porque la nena lo quería mucho. “Es el más vulnerable de la familia, ella apuntó ahí para generar daño”, indicó.
Las denuncias siguieron. También la campaña de desprestigio público y social, una difamación en las redes sociales. “Si yo no fuera de La Plata, me tendría que haber ido de la Ciudad”, contó en la charla con EL DIA.
Como en medio de esas acusaciones, llegó una orden de restricción perimetral, Leopoldo finalmente fue apartado del contacto con P. El objetivo estaba logrado. Pero faltaba el otro: la condena por abuso, que también llegó.
Leopoldo aseguró que “tengo contacto con otras personas en mi misma situación. Dejan de vivir. Cuando puedan volver a ver a sus hijos, van a estar devastados psicológica y materialmente. Por suerte yo tengo una red de contención, familia, amigos. Pero esto me generó una gastroduodenopatía crónica, tomo antidepresivos y estoy con tratamiento psicólogo”.
Ahora el caso estaría en la instancia recursiva de la Suprema Corte, con la impugnación fiscal, ya que el que interpuso el particular damnificado quedó sin efecto. “Ella ha tenido 6 o 7 abogados en familia y otros tantos en sede penal. Otro indicio de que, cuando no le sirven, los corre”, concluyó Leopoldo.