Una práctica tan extraña como preocupante comenzó a ganar terreno entre grupos de adolescentes de La Plata y encendió alarmas entre padres, docentes y especialistas. Son las llamadas “peleas pactadas u organizadas”, que no arrastran un antecedente de enojo o rivalidad previo. Solo se citan para golpearse frente a decenas de espectadores que los filman y cierran todo con un apretón de manos.
Acá no hay vencedores ni vencidos. El objetivo parece ser otro. Ganar posicionamiento o poder dentro de la comunidad en la que se mueven. Todo potenciado por las redes sociales, donde se viralizan las imágenes.
Las escenas recuerdan más a una suerte de ritual de pertenencia que a una pelea tradicional. Los participantes intercambian golpes fuertes durante algunos minutos, incluso patadas a la cabeza, mientras el resto forma un círculo alrededor. Una vez terminado el enfrentamiento, muchas veces se saludan y hasta se abrazan, como si se tratara de una competencia deportiva informal.
Sin embargo, detrás de esa aparente normalidad se esconde una situación que preocupa cada vez más. Los adolescentes involucrados parecen minimizar por completo los riesgos físicos que implica recibir o propinar golpes. Un mal impacto, una caída desafortunada o un traumatismo severo pueden derivar en lesiones irreversibles o incluso consecuencias fatales.
Especialistas describen el fenómeno como una especie de comportamiento tribal que se desarrolla principalmente a través del mundo virtual. Los grupos se organizan, fijan horarios y lugares de encuentro y convocan a otros jóvenes para presenciar los combates.
Aunque no existe una explicación única, algunos observadores sostienen que quienes participan de las peleas buscan ganar reconocimiento. En ese esquema, resistir golpes, mostrarse valiente o imponerse físicamente podría traducirse en prestigio, visibilidad o influencia dentro de los pares.
La lógica parece responder a códigos propios, difíciles de comprender desde la mirada adulta. No se trata necesariamente de resolver diferencias personales, sino de construir una identidad colectiva en la que la exposición pública y la aprobación de los semejantes ocupan un rol central.
Los videos se transforman luego en una suerte de certificado de pertenencia. Las imágenes circulan rápidamente y son consumidas por otros adolescentes que comentan, evalúan desempeños y, en algunos casos, promueven nuevos enfrentamientos.
Como se dijo, las plataformas digitales aparecen como un elemento fundamental en la expansión de esta modalidad. No solo facilitan la convocatoria y organización de los encuentros, sino que además multiplican su alcance.
Lo que antes podía limitarse a un pequeño grupo de estudiantes hoy puede ser visto por cientos o miles de personas en cuestión de un clic. La búsqueda de visualizaciones, reacciones y aprobación social termina alimentando una dinámica en la que la violencia se convierte en espectáculo.
Los especialistas advierten que esta exposición permanente puede generar una peligrosa naturalización de las agresiones físicas. Cuando los golpes se transforman en contenido para compartir y consumir, el límite entre el entretenimiento y el riesgo real comienza a desdibujarse.
El fenómeno aparece además en un momento especialmente sensible. Durante los últimos años, distintos episodios de violencia escolar han ocupado un lugar creciente en la agenda pública.